UNIVERSIDAD
TECNOLÓGICA EQUINOCCIAL
FACULTAD
DE ARQUITECTURA, ARTES Y DISEÑO
CARRERA
DE ARQUITECTURA
TAJ MAHAL
CHANCUSI,
O., ERICK, S.
2015
TAJ MAHAL
El Taj
Mahal es poesía hecha arte, un canto al amor, una obra sublime que
sólo un alma enamorada sería capaz de ofrecer al mundo. Allí, justo sobre el
pórtico de entrada, se pueden leer unos versos del Corán que describen el
paraíso, que te dan una idea de lo que nos vamos a encontrar y de lo que vamos
a sentir; como palabras mágicas, aquel portón de bronce nos descubrirá un “palacio
de perlas rodeado de jardines”.
No
hay nada más profundo para cualquier viajero que sentarse en uno de los bancos
que hay por todo el Jardín del Paraíso y admirar la silueta del
impresionante Mausoleo recortada sobre un cielo limpio. Cielo que poco a poco
se tiñe de rosa al caer la noche. De fondo, en las afueras del Templo, en la
ciudad, en Agra (una pequeña localidad situada al norte de la India, en el
Estado de Uttar Pradesh) oímos los cánticos y las oraciones propias de estas
gentes.
Y
así, mientras admiramos la soberbia perfección de todo el conjunto: su
simetría, los estanques que, como una llave dorada y perfecta, abren el camino
hacia el templo de mármol, entre flores de loto que flotan sobre sus
aguas, nuestra mente vaga absorta, solitaria, olvidada de tanto turista como
nos rodea, y rememoramos casi con lágrimas en los ojos la triste historia del
emperador Sha Jahan.
La historia de amor del Taj Mahal:
Sha
Jahan conoció a su amada Arjumand en un bazar donde ésta vendía cristales.
Admirado por su belleza no fue capaz de dirigirle la palabra en un primer
momento. Perseguidos por los ejércitos de su padre el Emperador, y por culpa de
esa relación, tras dos esposas y cinco años desde aquel primer encuentro, se
unieron en matrimonio. Arjumand pasó a ser conocida como Mumtaz Mahal, “la
elegida del palacio”.
Durante
años fueron una pareja enamorada que vivía el uno por el otro; ella
era su acompañante fiel en todas sus campañas; él la colmaba de regalos, de
detalles, de flores, de diamantes. Tras la muerte del emperador Jehangir, Sha
Jahan ocupó el trono. Dos años más tarde, en 1630, sobrevino la tragedia.
Allí, sentado en aquel banco, con los últimos rayos de sol
reflejándose en aquella obra de arte, mientras mi mirada se dirigía hacia
la silueta que se perfilaba en las aguas del estanque, me imaginé la secuencia
final.
En
plena campaña militar en Burhanpur, al nuevo emperador le avisaron de que
el 13º parto de su esposa se complicaba. Sha Jahan corría desesperado hacia su
tienda, con el tiempo justo de cogerle la mano y darle su último adiós.
El
emperador ya no volvió a ser el mismo. Se recluyó en el Fuerte Rojo, en
la orilla izquierda del río Yamuna, y allí pasó, encerrado por su hijo, los
últimos años de su vida, abandonando el Imperio en manos de sus sucesores.
Frente al Fuerte, visible desde todas sus ventanas y al otro lado del río,
mandó construir el más impresionante Mausoleo que jamás mente humana pudiera
concebir.
Los
mejores constructores, los mejores obreros, las mejores joyas, las mejores
piedras... Todo era poco para el lugar de reposo de su amada; incluso, se
desvió el Yamuna para que el Taj Mahal pudiera reflejarse en sus aguas. Y allí,
tras dos décadas de construcción, en el 1648, fue enterrada su amada Mumtaz
Mahal. Junto a ella, fue enterrado años después el propio emperador para que reposaran
siempre juntos, eternamente.
BIBLIOGRAFIA
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